EL PSICOANÁLISIS HUMANISTA DE ERICH FROMM – José Luis Lobo Bustamante.

Centro de Estudios y Aplicación del Psicoanálisis

La literatura psicoanalítica, al tratar de las diversas escuelas de Psicoanálisis, suele encuadrar a Fromm dentro de la corriente Culturalista con Karen Horney y Harry Stack Sullivan.

Esta tendencia culturalista subraya la importancia de los factores culturales en la génesis y formación del carácter y las neurosis. En este sentido Fromm participa de dicho planteamiento. Pero sería estrechar o reducir el pensamiento de Formm a una sola de sus manifestaciones, por importante que ésta sea, encasillarle sin más, en la línea culturalista.

El pensamiento de Fromm desborda esta clasificación. Por otro parte él prefirió llamar a su orientación psicoanalítica Psicoanálisis Humanista. Y, en efecto, el psicoanálisis frommiano se inserta en una amplia concepción del hombre, de corte humanístico.

Freud y Fromm

Fromm parte de Freud y admite sus descubrimientos fundamentales: el inconsciente, la represión y los mecanismos de defensa, la transferencia y contratransferencia, los sueños como expresión más directa aunque generalmente todavía enmascarada de las temáticas inconscientes, la importancia de la niñez en la etiología de los problemas psicológicos, etc.

Por otra parte, Fromm ha actualizado y potenciado el psicoanálisis realizando no sólo una lúcida crítica de los presupuestos ideológicos freudianos sino aportando también una serie de contribuciones en el terreno de la teoría psicoanalítica.

La concepción del hombre biológico mecanicista de la que parte Freud, propia de finales del pasado siglo, es ampliamente rebasada por Fromm con su visión del hombre biológico-social. Como consecuencia lógica se ponen en cuestionamiento varios aspectos de la teoría freudiana como la concepción del inconsciente como exclusivamente patológico, la teoría de la libido, las fases de evolución de la libido en cuanto a etiología de las neurosis, la existencia de un instinto de muerte, la concepción del amor y la mujer, etc.

Fromm se sitúa más en la línea de la psicología del yo que intenta reaccionar frente a un cultivo exclusivo de la psicología del Ello, subrayando, por otro lado, la gran importancia, en la génesis de los problemas psíquicos, de las relaciones interpersonales patógenas, sobre todo en la infancia.

Por decirlo de algún modo, la neurosis es un problema de dos. En el fondo de las grandes líneas psicopatológicas que Fromm describe ampliamente como el Narcisismo, la fijación incestuosa, la destructividad y necrofilia, está siempre la trama de las relaciones interpersonales del niño con las figuras significativas de su infancia.

Las necesidades específicamente humanas expuestas por Fromm de relación con los semejantes, de raigambre, de efectividad, de identidad y sentido desplazan a la omnipresente libido situando a la sexualidad en su lugar de importancia.

Sintetizando, las relaciones interpersonales sustituyen a la teoría de la evolución de la libido en el plano etiológico; las necesidades específicamente humanas a la libido en el plano motivacional; las grandes líneas psicopatológicas del narcisismo, la fijación incestuosa y la destructividad-necrofilia a los cuadros más diversificados y menos profundos de la clínica convencional en el plano nosológico; una concepción del hombre profunda y radicalmente humanista, en definitiva, a la biológico mecanicista antes citada.

El Humanismo de Fromm

Es esta concepción del hombre la que impregna el pensamiento frommiano y consecuentemente su orientación psicoanalítica en sus línea teóricas y sus traducciones técnicas. Entre las características del humanismo frommiano podemos destacar las siguientes:

– El hombre como centro y meta de toda actividad humana. Exclusión, por tanto, de toda supeditación o subordinación a metas o poderes ajenos al hombre. Es un antropocentismo radical. Cualquier concepción o realidad, ya sea personal o social, que pretenda imponer un sistema ajeno al ser humano será denunciada por Fromm como un autoritarismo violador de la dignidad del hombre. Este, por otra parte, no tiene que abandonar su libertad, su responsabilidad, su ser, en definitiva, supeditándose a poderes extraños por comodidad, anhelo de protección o seguridad o por otras necesidades infantiles: no debe idolatrar o idolizar. Sería una enajenación.

Veamos algunas facetas más concretas de esta línea de pensamientos:

– En el plano sociocultural el máximo criterio para Fromm no es la adaptación o ajuste social a ultranza sino la integridad del individuo.

– En el terrero político y económico su oposición a cualquier proyecto totalitario que subordine la persona al sistema, al estado u otros fines que no sea ella misma.

– En las relaciones interpersonales y familiares sus penetrantes análisis de las relaciones simbióticas sadomasoquistas evidencian su preocupación por la integridad y desarrollo de la persona.

– En los aspectos éticos y religiosos la descalificación de la moral heterónoma como falsa moral, y, dentro del respeto a las diversas creencias religiosas, su crítica a toda práctica (interna y externa) de corte autoritario o sadomasoquista en sentido psíquico.

– Siendo el desarrollo del hombre la meta primordial, hay que complementar esta idea con el importante matiz de la integridad. Es el desarrollo integral del hombre en todas sus facetas y potencialidades: sensoriales, emocionales, intelectuales, activas y productivas (creativas). Que el hombre llega a ser plenamente en espontaneidad y libertad.

– El hombre como ser activo, autor de su propia realización. Que pone en acción sus facultades de modo que, desarrollándolas, se va realizando a sí mismo. Es lo que Fromm llamará productividad o carácter productivo, creativo.

– El hombre como ser esencialmente abierto al mundo y a sus semejantes. La realización plena del individuo sólo se armoniza sino que halla su mejor expresión en la unión productiva con el mundo y los otros en términos de amor.

– El hombre posee en el camino de su propia realización como ser humano, un órgano orientativo, detector e impulsor de su desarrollo: la conciencia humanista, que es la resonancia de nuestra personalidad total a su funcionamiento correcto o incorrecto. Es la reacción de nosotros ante nosotros mismos que actúa para que evolucionemos en plenitud y armonía para que lleguemos a ser lo que somos potencialmente. No es la voz interiorizada de ningu-na autoridad (padres, educadores, etc.) a la cual estaríamos ansiosos de contentar y temerosos de contrariar. Es nuestra propia voz, la voz de nuestro amoroso cuidado por nosotros mismos. Su meta es el desarrollo integrar y la felicidad.

– Cuando el hombre abandona, descuida o lateraliza su realización, cuando dimite de sí mismo o se traiciona continuamente, el hombre enferma psíquicamente, se enajena de sí mismo y hasta enloquece. La resonancia de nuestra personalidad total ente nosotros mismos puede debilitarse en la medida en que somos más indiferentes y destructivos con nosotros mismos. O puede reprimirse también, es decir, ser expulsada del campo de la conciencia.

Tiene entonces manifestaciones indirectas, desde un vago sentimiento de culpa o una sensación de incomodidad poco específica o un sentimiento de desinterés, cansancio o fatiga hasta temores y miedos más específicos como el pánico a la muerte o a envejecer. Morir siempre es amargo, pero morir sin haber vivido es insoportable. Son temores muchas veces procedentes de no haber sabido vivir, de no ser nosotros mismos, de no haber vivido productivamente.

También el temor excesivo a la desaprobación tiene con frecuencia este origen: se necesita la aprobación de los demás porque uno no puede aprobarse a sí mismo. Es la expresión de una culpabilidad, la de no ser uno mismo, que aunque inconsciente, todo lo invade.

Psicoanálisis Humanista

Fruto de esta concepción humanista son una serie de consecuencias, tanto teóricas como prácticas, que tienen gran incidencia en el campo de la psicopatología y el psicoanálisis. La impronta humanista se traduce en una serie de características que van desde la misma concepción de la enfermedad mental hasta la actitud del psicoanalista y la técnica que éste emplee. Entre dichas características podríamos destacar las siguientes.

1. El concepto de enfermedad mental entendido como enajenación de si mismo. Como un camino de no realización propia, en el grado que fuere. Como una actitud, de facto, obstaculizante y hasta destructiva hacia unos mismo, por motivos generalmente inconscientes. Y su correlato, la salud mental entendida como la posibilidad, sin trabas psicológicas internas, de desarrollo de todas las potencialidades del propio ser.

2. La meta de la curación, por ello, sería el encuentro de la persona consigo misma. El desarrollo del conocimiento propio, del respeto y la responsabilidad hacia sí mismo, del amoroso cuidado por el propio desarrollo.

3. Un respeto fundamental por parte del analista hacia el paciente, basado en todo lo expuesto anteriormente.

4. El tener muy en cuenta no sólo los aspectos condicionantes y negativos, propios de la enfermedad, sino también y de manera especial las cualidades y aspectos positivos de la persona. Es importante tanto en lo referente al diagnóstico y pronóstico cuanto para la misma técnica terapéutica.

5. Un psicoanálisis no por principio adaptativo a la realidad social, sino que mantiene la primacía de la integridad de la persona, conservando una visión crítica de los aspectos enajenantes y enfermos de la sociedad.

6. Un psicoanálisis abierto a los datos y descubrimientos de las demás ciencias del hombre para entender mejor y posibilitar una ayuda más eficaz a ese hombre que, no sólo ha vivido en una familia, sino que está inserto en una cultura determinada, bajo unas condiciones económicas, políticas y de relación específicas, en unas coordenadas sociales determinadas. Un psicoanálisis, por tanto, no reduccionista que le aplique al hombre una sola óptica. En otras palabras, un psicoanálisis no dogmático.

7. Un psicoanálisis no enigmático o arcano, parapetado tras una fraseología y un vocabulario exclusivista como elemento de prestigio y poder, pero incompresible para el resto. Sino un psicoanálisis que utilice un vocabulario comprensible, transparente y claro, común con el hombre al que pretende servir de ayuda y con quien pretende comunicarse.

8. Un psicoanálisis que da más importancia a la calidad de la relación humana entre analista y analizado sin que esto signifique un descuido y, menos aún, una minusvaloración de los aspectos técnicos.

9. Una actividad del analista más real, más viva, más participante, menos envarada y defensiva en orden a permitir una mejor comunicación y empatía con el analizado. Que permita una comunicación de “centro a centro” como lo expresaba el mismo Fromm.

10. Un psicoanálisis más radical que pretenda llegar hasta las zonas más lejanas y oscuras del inconsciente y no se pare exclusivamente, por ejemplo, en los aspectos edípicos.

Yessica Arrieche

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